Las preguntas que me hago en cada viaje
JOURNAL
BITÁCORA DE VIDA
La primera pregunta es por qué vine. A veces la respuesta es sencilla y hasta un poco graciosa, porque más de una aventura empezó con un pasaje en oferta, las ganas de explorar lo que hay afuera de casa, mi mejor amiga diciendome vamos, queriendo experimentar con una mochila o alguien de mi familia diciendome vamos. Pero si lo pienso un poco más, casi siempre aparece otra razón: necesitaba un cambio de aire, quería probarme algo, o había un lugar que me daba vueltas en la cabeza desde hacía años.
Hoy creo que viajo porque me gusta quién soy cuando estoy lejos.
Más curiosa, más atenta, más dispuesta a decir que sí. Después me pregunto qué fue lo que más me emocionó, y casi nunca es lo que esperaba. No suele ser el lugar famoso ni la vista de postal, de hecho ese lado turista no lo tengo tan definido, me gusta mas ser la Fio viajera. Una música que sonaba de fondo, la sonrisa de alguien en una puerta, son momentos que no salen en las fotos y quizás por eso se quedan más conmigo.
También me pregunto de qué me enamoré. En cada viaje hay algo, una ciudad que me hizo sentir cómoda desde el primer día, la manera en que la gente se saluda en un pueblo, un plato que todavía recuerdo, una calle por la que volví a caminar solo por el gusto de hacerlo. Viajar, para mí, es enamorarse un poco de muchas cosas y aceptar que hay que despedirse. Lo bueno es que lo que se quiere de verdad no se pierde.
Una de mis preguntas favoritas es qué me dio miedo y lo hice igual. Siempre hay algo fuera de mi zona de comfort como pedir ayuda en otro idioma, sentarme sola en un restaurante, hablarle a alguien que no conocía, animarme a un camino que no estaba en el plan. El miedo nunca se queda en casa, pero aprendí a no dejar que decida por mí. Y cada vez que lo logró, vuelvo con un poco más de confianza.
Me pregunto, además, qué extrañé de casa. Casi siempre son cosas que en la rutina ni noto, la comida de mi mamá, mi cama, mis perros, las charlas con mis amigas en las que no hace falta explicar nada. Extrañar me recuerda que tengo un lugar al que pertenezco y eso también es un regalo.
Luego pienso en qué me llevo que no entra en la valija. Palabras nuevas, otras formas de ver la vida, alguna receta que me imagino en la cabeza como voy a ejecutarla cuando llegue, una canción, historias para contar, aprendizaje (siempre) y la certeza de que en cualquier parte del mundo hay gente dispuesta a dar una mano. Pero, sobre todo, me llevo una versión de mí que se animó un poco más de salir de su casa.
Me pregunto si volvería. Casi siempre la respuesta es que sí, aunque sé que nunca se vuelve igual, porque el lugar cambia y yo también. Hay lugares a los que quiero regresar para descubrir lo que me faltó, y otros que prefiero guardar tal como los viví. Un país que nunca pensé visitar fue Serbia, muy diferente a mi, pero si me preguntan, volvería mil veces.
Casi al final me pregunto qué le diría a la persona que era antes de salir. Le diría que no hace falta planear cada minuto, que lo que salga mal probablemente termine siendo una buena historia, que lleve menos ropa y más curiosidad y que no se preocupe tanto, porque todo va a estar bien, siempre y ante cualquier situación.
Y la última pregunta siempre es adónde quiero ir ahora. Antes de terminar un viaje ya estoy pensando en el siguiente. Mi lista de destinos cambia todo el tiempo, pero con los años entendí que el lugar importa menos que las ganas de conocer. Mientras esas ganas sigan, va a haber viaje.